Real Aeroclub de Toledo

Volando desde 1966

Y esta vez nada de lejanas referencias, sino vivos recuerdos de primera mano, a cargo de Antonio Martínez-Moneo, que nos cuenta las distintas ocasiones en que se cruzó con este grande del vuelo a vela, y muy especialmente aquella en que ambos competían en el mismo Campeonato Mundial, y en el que acabaron compartiendo unas herramientas y algo más... Pero mucho mejor leerlo en palabras del protagonista.

Foto: sinhatech.com

 

 

Dick, el bueno y el grande

Hace muchos, muchos años que soy admirador de Dick Johnson. Allá por los años 50 del pasado Siglo XX y siendo yo un chavalín, ya tuve oportunidad de leer cosas acerca de sus importantes estudios para mejorar el rendimiento de  los perfiles laminares en los veleros.

Hablo de antes, incluso, de conseguir mi “C” en la vieja Escuela de Monflorite.

Recuerdo muy bién un antiquísimo número de la revista “Soaring”, en que se hablaba del enorme salto técnico que había supuesto la puesta en vuelo del entonces revolucionario velero RJ-5. Que como con tanta erudición nos recuerdan Juán Pablo Alonso y Eliseo Rivas en la “Gûés” de Nimbus, fué el resultado de muchísimas horas de estudio y trabajo de Ross y Johnson.

Es muy probable que, después de nuestro Padre Otto Lilienthal, la persona que más ha hecho por el Vuelo a Vela, sea precisamente Dick Johnson. Sin que ello suponga demérito para los muchos técnicos que tanto han trabajado y siguen trabajando  en pro de que el volovelismo pueda seguir progresando.

Cuando los amigos y compañeros desaparecen, es frecuentísimo que todos nos deshagamos en alabanzas hacia ellos. No obstante, esa costumbre no encaja con mi forma de ser y pensar. Creo que el hecho de seguir vivos, o no, en nada debe cambiar la opinión que de ellos tengamos. Porque la misma debe estar basada en la objetividad de su obra y milagros. Nunca en la emotividad que supone acabar de perderlos.

De forma que mi referencia a Dick, intenta ser desapasionada. Si digo que era el más grande de los volovelistas que aún quedaban vivos, no es un arranque emotivo. Lo pensaba hace mucho y ahora sigo pensándolo exactamente igual.

En España, segúramente fuí yo el primero que se enteró del accidente. A las 23H.22m. (Hora de Nueva Zelanda) del Jueves 24/07/08., Bob Henderson (Presidente de la IGC) nos mandó a todos los Delegados FAI un correo electrónico en el que informaba escuétamente que Dick Johnson había perdido la vida en un accidente, ocurrido en Tejas, a bordo de un velero, a las 12H.30m. (Central Time). Y lo primero que pensé, nada más leerlo fué: “Hemos perdido al último grande que quedaba vivo”.

E inmediátamente después, deduje que para él ha sido una suerte sobrepasar los 85 años de edad, en vuelo y haber acabado agarrado a los mandos de un velero. También en eso le admiro. Porque, en mi opinión, ese es un final mucho más honroso y gallardo que el que puede encontrarse en la cama de hospital, rodeado de cables, dolor, fármacos y hastío.

He seguido bastantes de las cosas hechas por Johnson. Pero fueron tantas y en un tiempo tan dilatado, que no voy a osar referirme a ellas. Me dejaría muchas y muy importantes. Seguro estoy de que, a partir de ahora, volverán a publicarse cosas muy interesantes y documentadas al respecto.

Pero voy a aprovechar para contar, que tuve la suerte de tratar a Dick Jonhson, personálmente, en varias ocasiones.

El último Mundial en que él participó, fué el 16º. Campeonato del Mundo de la FAI, que tuvo lugar en Chateauroux (Francia), en el año 1.978. Volaba un “Jantar Open”, en la Clase Libre. Y precísamente fué entonces la primera vez que este narrador participó como Piloto del Equipo de España, en Clase Standard.

Aunque ya he dicho que le admiraba desde mucho antes, allí pude conocerle, en persona.

En el Aeródromo de Chateauroux, la Organización del Campeonato puso a disposición de los participantes un grandísimo hangar en el que, además de cobijar los veleros, podíamos hacer todas esas chapuzas que se presentan en estos casos. En especial a los españoles, que tan amigos somos de dejarlo todo para última hora e ir improvisando. Con este motivo, los primeros días estuve bastantes horas haciéndole “ajustes” a mi “Libelle”. Periodos en los que tuve abierta una buena caja de herramientas de la que siempre procuro disponer.

Dick aparcaba su “Jantar” bastante próximo a mi velero. Pero creo que apenas habíamos cambiado unos saludos de cortesía. Evidéntemente, era un personaje de proyección mundial en el Vuelo a Vela. En aquel ambiente, solía estar rodeado de muchos curiosos y admiradores. Pero pude comprobar que tenía un carácter bastante introvertido y se prestaba poco a las conversaciones superficiales. Detalle que me hizo admirarle aún más.

Cuando estaba en tierra, solía mantenerse apartado del mundanal ruido. Ocupado y preocupado, devótamente, por los continuos retoques de su velero. En este menester, le ayudaban dos componentes de su equipo de recuperación que, sin duda, eran viejos camaradas suyos.
De una parte, le veía yo como una vaca sagrada a la que me daba un gran corte dirigirme. Tampoco su poco abierto carácter me animaba a hacerlo. Además, a sus entonces 55 años de edad me parecía un señor muy mayor y respetable al que un jovenzuelo como yo podía incomodar. Y para acabar de arreglarlo, mis escasísimos conocimientos de inglés, ponían la última traba. Así que ni siquiera intenté el acercamiento que estaba deseando tener con él.

Una de aquellas primeras mañanas del Campeonato, estando en el hangar, se acercó a hablar conmigo uno de los ayudantes de Dick. Hablaba español perféctamente y tenía una educación muy esmerada. Me explicó que les había surgido un problemilla para manipular el “Jantar” y que el Señor Johnson le había encargado que me pidiera, en español, el favor de prestarle no me acuerdo qué herramientas de mi caja. De donde deduje que el Señor Johnson ya se había fijado en mis herramientas, como corresponde a todo buén “chapuzas”.

Naturálmente, puse a su disposición mi caja entera, encantado de poderles ser útil con tan poco. Terminaron aquella faena en menos de quince minutos. Fué el propio Dick el que vino a devolverme las herramientas, mostrándose muy agradecido y poniéndose a mi disposición para todo lo que pudiera necesitar.

Por pura casualidad, acababa de hacer un amiguete de talla galáctica, en el Vuelo a Vela.

A ratos libres y de vez en cuando, voy escribiendo retazos de tiempos pasados. Hace pocos meses me detuve en algunos detalles de aquel Mundial de 1.978. Puedo intercalar aquí unos párrafos que hacen referencia a un mal día para mí, pero en el que también me refiero a Richard Johnson:

“El 17 de Julio disputamos la segunda prueba del Campeonato. Para la Clase Standard, un Triángulo: Chateauroux-Contres-Salbris- Chateauroux. Corto recorrido para la media general. Pero considerando la meteorología reinante, ni siquiera debimos despegar.

Más de la mitad de los concursantes de todas las Clases, 42 en suma, no pudimos cerrar. El noruego Maelum, venció en Standard, con su LS-1, a la vertiginosa media de 57’28 Kmtrs./H. Y en verdad no me explico cómo pudo hacerlo. Las térmicas eran tan flojas y tan bajas, que fuí arrastrándome hasta el primer Punto de Viraje. Hice la foto y seguí con la misma angustia y lentitud, hasta casi alcanzar el segundo.

Varios veleros, a mi alrededor, se arrastraban exáctamente lo mismo que yo. Antes que hundirnos, preferíamos virar los “ceros” que encontrábamos. Sacrilegio inaudito en una prueba de campeonato.

Llegué sobre el pueblo de Salles St. Denis, después de tres largas horas de vuelo, con 125 metros de altura. Delante, en nuestra ruta, un bosque que se extendía hasta el horizonte. Con las ascendencias del día, aquello estaba muy lejos de poder ser rebasado. Ni un solo claro a la vista. Imposible seguir adelante.

Con 60 metros de altímetro, tuve que rendirme. No era una zona despejada. Me decidí por un terreno de pasto que, aunque rodeado de chopos con más de 20 Mtrs. de altura, parecía bueno. Pasé lamiendo las copas de los árboles que delimitaban el campo y me tiré abajo resbalando y con los aerofrenos abiertos. Cinco segundos antes de posarme, advertí que lo que, desde arriba me había parecido pasto, eran unas arqueadas y ralas espigas silvestres. Desnutridas, pero con un metro de altura más de lo que yo había previsto. Espigas que dieron en mi plano izquierdo, cuando todavía penetraba rápidamente entre ellas y provocaron un “caballito” que me paró en seco. Las alas ni siquiera tocaron el suelo. Quedaron en el aire, apoyadas en la espigas. El estabilizador estaba intacto. Pero el fuselaje se había partido, límpiamente, en dos partes, a la altura de la matrícula.

Ver mi querido “Libelle” quebrado, como muerto, me produjo una congoja que no puedo describir. El mayor disgusto de mi vida. Solo, en aquel campo de nefasto recuerdo para mí, lloré con rabia, con impotencia.

Minutos después fueron tomando el resto de los veleros que me habían acompañado en los últimos kilómetros del vuelo. En un radio de 4 ó 5 Kmtrs. alrededor de Salles St. Denis, quedamos esturreados 16 concursantes. Entre ellos estaban volovelistas de la talla de: Eric Mozer,  Richard Butler, Álvaro De Orleáns y Dick Johnson. El gran Dick Johnson.

El insalvable bosque nos venció a todos”.

No he agregado ni quitado una coma o un acento, a eso que escribí hace meses.

En uno de los fines de semana de aquel Mundial de 1.978, tuvimos la visita de varios socios del Club de Mora. Se acercaron hasta el centro de Francia para vernos. Uno de ellos era José Luís Meijide. Cuando se enteró de que Johnson estaba concursando, se mostró muy interesado en conocerle personálmente. José Luís habla inglés con soltura y era seguidor de todos los artículos técnicos que publicaba ya en “Soaring”. Les presenté y Dick no puso el menor reparo en tener una larga conversación con aquellos tres o cuatro españoles que le rodeamos. No recuerdo haberle visto en esa postura más que con miembros del Equipo de Vuelo a Vela de los Estados Unidos. La cosa duró media hora larga. Meijide también es ingeniero y se dió muy buena maña para ir sacando temas que a nuestro interlocutor le agradaba tratar.

Recuerdo que por entonces era novedad el gran “Nimbus” que acababa de lanzar Schempp Hirth. José Luís le preguntó a Johnson, diréctamente, si creía que era real el coeficiente de planeo que entonces se anunciaba de 1:60 para este super-velero.

Dick, prudéntemente, contestó que no podía pronunciarse, puesto que aún no había tenido oportunidad de volarlo y calibrarlo.

Pero también se mojó un poco más. Con una fina ironía, agregó que, mientras no hiciera las oportunas mediciones, él se creería el coeficiente de 1:60 de que presumía la fábrica alemana, cuando Klaus Holighaus se dejara remolcar, con viento en calma, 60 Kmtrs. mar adentro, a bordo de uno de sus “Nimbus” y se soltara de la avioneta remolcadora con 1.000 Metros de altura exactos. Si era capaz de alcanzar la playa más cercana, en planeo, el coeficiente de 1:60 era real. Pero estaba casi seguro de que Klaus no aceptaría a ese desafío.

Posteriormente, volví a coincidir con Dick en varias de las reuniones anuales de la Comisión Internacional de Vuelo a Vela. La mayoría de ellas cuando todavía estaba la Sede de la FAI en Paris. También nos vimos en la que organizó la SSA en Reno (Nevada).

En alguna de aquellas comidas o cenas en la que nos sentamos juntos, me comentó que las condiciones térmicas de Madrid, durante el Mundial de 1.952 en Cuatro Vientos, le habían parecido muy buenas. Pero que tuvo mala suerte con una toma fuera de campo. Aunque él no lo dijo, también yo creo que aquel 4º. Mundial debió ganarlo Dick. Lo ganó Philips Wills que era un magnífico volovelista británico (además de padre de Justin Wills, que es un buén amigo mío), pero no tenía la preparación técnica ni la máquina tan evolucionada de Dick Johnson. Aquella inoportuna toma fuera de campo, fué una lástima.

Por cierto que otro participante estadounidense en el Mundial de Cuatro Vientos, fué Paul Sweizer. El famoso volovelista y fabricante de veleros. También hablé en dos o tres ocasiones con él del Mundial de 1.952. Se mostraba mucho más apasionado respecto a las buenísimas térmicas que encontraron sobre Madrid. Y me presionó mucho para que volviéramos a organizar otro Mundial en Cuatro Vientos. Decía que nunca había vuelto a volar ascendencias más fuertes que aquellas. Y no quería creerme cuando le dije que hacía ya muchos años que volar en el TMA de Madrid estaba prohibidísimo para los veleros. Insistió mucho en escribir diréctamente a la Aviación Civil española, para intentar explicarles que no podíamos derrochar tanta y tan buena energía. Así de inocentes y bienintencionados son los yankees.

Volviendo a Dick y para concluir, diré que siempre me pareció un hombre prudente y humilde. A pesar de su enorme nivel en el Vuelo a Vela. Serio y exacto, como sus mediciones. Muy distante de las posturas que también he conocido de otros “figuras” que van por esos Campeonatos exhibiendo una auténtica corte de pelotilleros y disfrutando de ella. Como, por ejemplo, el celeste George Moffat, en sus tiempos.

Richard Johnson ha sido muy grande y muy bueno. Lo seguirá siendo, por mérito propio.

Madrid, 12 de Agosto de 2.008.

Antonio Martínez-Moneo

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