Tal y como nos temíamos, Alfonso no ha podido resitir la tentación de contarnos sus vuelos de los días 11 y 12 de julio donde consiguió la distancia y altura de oro. Con la sencillez y humildad que le caracterizan y si no tenéis nada mejor que hacer, aquí tenéis su relato.
Jueves 11 de julio
El jueves por la mañana llegué temprano al campo y después de preparar nuestro viejo Phoebus C consultamos en la web la previsión meteorológica que cada día prepara Miguel Jurado. El oráculo preveía 2.100 metros de techo con térmica buena (2-3 m/s) cielo azul y poco viento.
Ante esta previsión bastante alentadora preparamos una distancia que valiese para el C de Oro ya que nuestro amigo Julián Cuadra (hijo) y yo todavía no teníamos. La distancia prefijada era Aeródromo de Lillo-Las Ventas con Peñaguileras-Miguel Esteban-Aeródromo de la Calderina- Aeródromo de Lillo. 311 km.
A nuestra aventura se añadieron Santiago Matas y Roberto Ruiz.
Al poco de soltarme del remolque conseguí trepar con facilidad hasta la base de un pequeño cúmulo que se había formado sobre la laguna de Lillo. Al alcanzar las barbas de la nube, 1.900 m, salí con decisión en dirección al primer punto de viraje. Durante la ascendencia ya había pasado por la puerta de salida y no merecía la pena volver a pasar.
Casualmente salgo en dirección a Las Ventas coincidiendo con el barlovento de la nube y a los pocos segundos de dejar el cúmulo a mi espalda, el vario comienza de nuevo a marcar de forma nítida una suave ascendencia. Con poca fe inicio un viraje a la derecha y el vario se estabiliza a +1,5 m/s.
Necesito dar dos virajes completos para darme cuenta de que no se trata de una térmica ya que estoy subiendo junto al cúmulo y ya he rebasado claramente su base. Compruebo que me encuentro al barlovento de la nube y me parece creer que estoy aprovechando la misteriosa y desconocida termo onda. Digo que me parece porque aunque sabía de su existencia, nunca la había visto-volado y sólo sabía de ellas por los manuales y los relatos de los ... veteranos.
En el tercer viraje a la derecha el viento me arrastra contra el lateral del cúmulo y la ascendencia desaparece tan suavemente como había aparecido. De nuevo pongo dirección al viento y a los pocos segundos el vario comienza a pitar. Para evitar que el viento me vuelva a arrastrar contra la nube, esta vez realizo pequeños ochos como si de una ladera se tratase y la ascendencia se mantiene constante hasta que alcanzo 2.500 metros, unos 100 metros por encima del techo de la nube.
Aunque todavía un poco incrédulo por lo que acababa de pasar y con ganes de quedarme a juguetear con el simpático cúmulo, aviso por radio a Lillo de mi de altura y salgo, esta vez si, con dirección a Las Ventas. No vuelvo a pasar por la puerta de salida y esto penalizaría la media del primer tramo.
Al haber salido muy por encima del techo de actividad térmica imagino que no encontraría ningún meneo en los próximos km, por lo menos hasta que no esté como mínimo por debajo de 2.000 metros. Efectivamente, durante unos 30km el vuelo es totalmente laminar, con una tasa de caída muy pequeña, lo que me hace llegar hasta el pico del Buey con 1.500 metros.
Instintivamente me desvié un poco del rumbo para sobrevolar el Buey y el castillo de Mora como muchas otras veces lo habíamos hecho en los "viejos tiempos". Creo que cualquiera que haya volado en Mora, cuando pasa cerca del desaparecido aeródromo instintivamente acaba sobrevolando por la ladera. Y no sólo por nostalgia, sino porque esa ladera sigue "tirando".
Así, sobre la vertical del Buey encontré una buena ascendencia que me llevó hasta los 2.000 metros. Antes de abandonar la térmica avisé a Santiago que venía detrás y más abajo (la ventaja de salir tan rápido y con más altura que el resto me permitió ir por delante durante parte del recorrido, aunque ya adelanto que finalmente fui alcanzado por Santiago y Roberto y sus superveloces veleros) avisé, digo, de que la térmica merecía la pena y al momento vi como Santiago llegaba allá bajo.
Luego Santiago avisó a Roberto y a Julián de que la térmica del Buey seguía tirando, pero sólo Roberto supo encontrarla y Julián se quedó muy bajo, tardando mucho tiempo en recuperarse y perdiendo la aspiración del resto. Este despiste hizo que Julián fuese con mucho retraso durante todo el recorrido y que se le hiciese muy tarde para alcanzar el último punto de viraje, aunque finalmente llegó a Lillo sin problemas.
Tras dejar la ladera de Mora continué hacia Las Ventas por el norte de la Sierra de los Yébenes encontrando térmicas flojas y con el rumbo puesto en unos cúmulos al sur de Sonseca. De nuevo los cúmulos no fallaron y volví a coger fácilmente 2.250 m. Con esta altura llegué con tranquilidad al primer punto y volví de nuevo a repostar al mismo cúmulo que seguía al sur de Sonseca.
Este primer tramo de 78,5 km lo hice a una velocidad media de 52 km/h. Sólo regular.
Esta vez en la térmica coincidimos los tres. Santiago Matas que seguía tras de mi con menos altura y Roberto, que todavía estaba en dirección a Las Ventas.
Al dejar la nube fui sobrevolando los Montes de Toledo hasta encontrar una nueva térmica sobre la vertical de la carretera de Manzanaque a Consuegra. Cuando pensaba que estaba subiendo bien, Santiago me canta que está subiendo "en el tubo de la risa" a más de +4 m/s en un pequeño cúmulo al sur de donde me encontraba. Había alcanzado 2.800 metros. Cuando alcanzo el cúmulo, la ascendencia no es tan fuerte pero consigo alcanzar 2.700 metros y lanzarme hacia Miguel Esteban.
Una térmica cerca del campo de la Mancha otra casi encima de MiguelEsteban hacen que la media de este segundo tramo de 99,2 km sea de 84,3 km/h. Mejor.
Pasado Miguel Esteban las térmicas que encontré no fueron tan buenas sin conseguir superar los 2.000 metros y quedándome a 1.500 m a unos 20 km al suroeste de Quero. Esto ya no me parecía tan divertido.
Roberto, que en este comienzo del tercer tramo ya me había adelantado, me confirma una térmica que ya antes había cantado Santiago, al norte de Villafranca de los Caballeros, y allí me dirijo. Pero en cuanto pongo rumbo a la deseada térmica, me encuentro con una muy maja que me sube a 2.000 m.
Este tramo fue el que peor media hice, de verdad. El viento de cara y no superar los 2.000 m me lo dejó en un triste 56 km/h de media.
Poco a poco voy arrastrándome hasta cruzar la N-IV con rumbo a unos cúmulos que parecen llegar hasta el aeródromo de la Calderina. He de reconocer que los cúmulos, además de dar una agradable sombrita, me resultan especialmente atractivos. Y efectivamente, al llegar a la sierra, los cúmulos tiran de lo lindo y ya si consigo avanzar con más velocidad entre 2.000 y 2.500 m. Así es mucho más fácil.
A unos 10 km del aeródromo de la Calderina, Santiago y Roberto ya hace rato que están en arribada a Lillo. Creo que es en ese momento cuando me doy cuenta que ya no les alcanzaría y no tardo mucho en calcular que su media será mejor que la mía. Pero yo a lo mío.
Llego al aeródromo de la Calderina y para casa. A unos 55 km de Lillo cojo la que sería mi última térmica y realizo una arribada hasta Lillo donde llegaría con 500 m. Lógicamente, el mejor tramo con una velocidad media de 135 km/h.
Al final, la velocidad media de la prueba fue de 71 km/h que me autocalifico de "más que decente" para ser mi primer 300. La altura máxima que alcancé fue 2.700 m y nunca llegué a estar por debajo de los 1.500.
Ya me hubiese gustado poder contar que el vuelo fue durísimo y que en repetidas ocasiones estuve con el tren fuera a punto de tomar en los más inhóspitos parajes de La Mancha y que sólo mi habilidad y mi sangre fría me salvaron de una toma fuera de campo seguro, pero desde que volamos con logger, las truchas han vuelto a ser propiedad exclusiva de pescadores ... y paracaidistas, (supongo)
Viernes 12 de Julio.
Tras la euforia que me todavía embargaba de la jornada anterior, la previsión de la meteo de Miguel Jurado es de 2.600 m, con la advertencia de que si se llegaba a los 34º se podrían alcanzar hasta 3.700 m. ¡Altura de oro!
¿Distancia y altura de oro en dos días consecutivos? Esto no se me había ocurrido ni en mis mejores sueños, pero la idea me resulta especialmente atractiva.
Roberto me propone, insistentemente, que le siga en un 500 que tiene programado "muy facilito". Para no tener que seguir oyéndole, programo en el Colibrí el recorrido de 500 km que él ya se había prefijado, si bien le intento dejar claro que mi intención es conseguir la altura de oro. Me parece que no lo consigo.
Nada más coger altura, me dirijo al sur de Lillo donde han aparecido los primeros cúmulos. Al sur de Villacañas, alcanzo los 2.000 m. Roberto también está consiguiendo altura pero ya en dirección del primer punto de viraje.
De Villacañas llego a otras nubes al sur de Quero que ya parecen tener mejor pinta y efectivamente, el techo está en 2.600 m. A la vista de cómo se estaba desarrollando el día mi intención era mantener la mayor altura posible hasta que se alcanzasen los 34º o, en caso de que esto no ocurriese, tirarme hacia la sierra de la Calderina donde imaginaba que el techo sería un poco más alto.
Cuando el techo sube hasta los 2.800 m veo que las nubes presentan un aspecto similar al cúmulo que el día anterior me había permitido volar la termo onda. Lo intento de nuevo, pero dos días seguidos me parece demasiada suerte. Salgo rozando las barbas en dirección al viento pero no encuentro nada. Sería demasiada suerte, me digo en voz baja. Con esta altura sigo bajo de las nubes y es cuando Roberto es conciente, creo, de que hace tiempo desistí de realizar el 500, si es que alguna vez lo tuve presente.
Mientras tanto, en el suelo me confirman que la temperatura se ha estancado en los 33º y empiezo a temer que ese maravilloso techo de 3.700 m tendría que esperar para otra ocasión Por otra parte, la zona de la Calderina y los Montes de Toledo presentaba un cielo totalmente azul que no me incitaban para nada.
Con este panorama sigo revoloteando debajo de las nubes y esta vez el techo llega a los 3.000 metros. El recuerdo de la termo onda sigue rondándome y se me ponen los pelos como escarpias, pero eso es por el fresquito que entra por la ventanilla. Lo intentaré una vez más. De nuevo salgo de la base del cúmulo en dirección al viento y a los pocos segundos el vario comienza de nuevo a subir. Todavía incrédulo, pero muy seriecito, esta vez comienzo directamente a realizar pequeños ochos para no perder la ascendencia y evitar que el viento me arrastre de nuevo contra el lateral de la nube.
Aunque casi no me lo puedo creer, estoy de nuevo subiendo por fuera de la nube. Si es verdad que en algunas ocasiones había intentado atrapar este tipo de ascendencias, pero nunca lo había conseguido, y ahora lo logro en dos días consecutivos. Ops!
Muy suavemente voy cogiendo altura y alcanzo los 3.300 metros, pero para asegurarme la altura de oro me mantengo en mi pequeña ladera cumuliforme. Rebasados los 3.400 metros confirmo que ya he conseguido la ganancia de 3.000 m pero me mantengo en la ascendencia, ya por curiosidad para saber hasta dónde podría subir.
A los 3.800 m la ascendencia desaparece y ya no consigo subir más. El techo del cúmulo se ha quedado unos 150 m por debajo de mi. Durante los últimos metros de la ascendencia compruebo que el color de mis uñas no ha cambiado, sigo viendo igual de bien y no tengo dificultades para respirar. A 4.500 m sobre el nivel del mar los manuales dicen que el nivel de oxígeno es bastante pobre. Por si acaso cierro la ventanilla, por el frío, claro. Parece que no tengo ningún síntoma de hipoxia, salvo que estoy eufórico perdido, tanto que hubiese jurado que llegué a apreciar la curvatura de la Tierra. (Ya en el suelo, después de aterrizar me autoconvencí de que eso no era posible).
Un par de km al sur otro cúmulo parece tener más desarrollo vertical y me dirijo hacia él para intentar alcanzar los 4.000 m. Cuando llego compruebo que se encuentra a la misma altura y no consigo elevarme más. Desazón. Formar parte del "Club de los cuatromiles" tendrá que esperar.
A pesar de todo, invierto la altura en rodear el cúmulo disfrutando del vuelo como un enano (a pesar de mi altura; 3.800 m, recuerdo) y pongo rumbo a Lillo.
Un buen rato después de aterrizar, Roberto aterriza bastante cansado sin haber podido cerrar su 500 y un poco molesto todavía me recrimina el que no le haya seguido en el vuelo previsto. "Pero Roberto, he conseguido la altura de oro" le digo "¿Y qué?" contesta, mientras se aleja murmurando "nosotros habíamos salido al 500" . Este es mi Rober.
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